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La importancia de la democracia
La democracia influye notablemente en la vida cotidiana de los ciudadanos, en sus condiciones materiales de existencia.
José López | 10-5-2010 a las 22:05 | 3732 lecturas
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La democracia no es sólo un sistema político ético al que debemos aspirar para tener una sociedad civilizada que pueda considerarse como tal. No es sólo un sistema de convivencia basado en la libertad y el respeto. Su escasez o mala calidad influye directamente en las condiciones de vida concretas de los ciudadanos. En general, podemos decir que el sistema político de un país influye notablemente en las condiciones materiales de existencia de sus habitantes. Esto es algo que nunca hay que perder de vista. Los que estamos de sobras concienciados con la importancia de la democracia debemos considerar que el conjunto de la ciudadanía no lo está, o no lo está suficientemente. La mayor parte de nuestros conciudadanos considera que las ideas de quienes aspiramos a más y mejor democracia, no son más que ideales utópicos, poco realistas y secundarios. Esto es lógico que sea así. Las élites que dominan la sociedad, a través de los medios de comunicación más importantes, bien que se encargan de que esto sea así. Se encargan de hacerle ver a la ciudadanía que la democracia es algo que se tiene o no se tiene. Que en España ya se tiene, que ya se ha llegado a su tope, y por tanto de lo que se trata es de elegir al gobierno adecuado para combatir los problemas de nuestra sociedad o en todo caso hacer alguna reforma puntual para perfeccionar el sistema (¡como si éste no estuviera aún muy lejos de la perfección!). Se encargan de evitar el análisis profundo de las causas de los grandes problemas. Se encargan de desconectar los efectos de las causas de raíz. Se encargan de fomentar el conformismo, el derrotismo, la apatía. Se encargan, en suma, de evitar cambios profundos en la sociedad para que en esencia todo siga igual.

El "debate" político actual sobre cómo salir de la actual crisis económica en nuestro país se limita a ciertas medidas puntuales, en el mejor de los casos. Y en este aspecto, como siempre, no parece haber grandes discrepancias entre los dos principales partidos. Las diferencias son más bien de matices, de velocidad o intensidad en la aplicación de las medidas impuestas por el pensamiento único neoliberal. Dicho "debate" se limita también al posible cambio de gobierno para reconducir la situación, aunque la oposición no sea capaz de explicar cómo combatir la crisis. Mucha gente piensa que hace falta cambiar de gobierno, aunque sólo sea para cambiar de caras, aunque en el fondo la oposición tampoco convenza mucho. Los mismos que nos dicen que una república no serviría para nada, que todo seguiría igual, nos dicen que la solución es cambiar de gobierno. Como si en este país no hubiéramos comprobado ya las "diferencias" en lo económico entre ambos partidos del bipartidismo. A diferencia de los que especulan que en un posible futuro republicano todo seguiría igual, nosotros podemos decir hoy, con certeza, los hechos del presente y del pasado nos avalan, que no hay grandes diferencias para el ciudadano de a pie entre un gobierno del PSOE y del PP, por lo menos con respecto a la economía, lo que más preocupa al ciudadano. En este país ha habido retrocesos laborales con gobiernos de derechas y con gobiernos de "izquierdas". La economía ha dependido sobre todo de la coyuntura internacional o de la burbuja especulativa de turno. Por tanto, los que creemos que se necesitan cambios más profundos en nuestra sociedad, sí podemos afirmar con rotundidad que no va a haber grandes diferencias entre un gobierno "socialista" o "popular" para salir de la crisis. No las va a haber porque no las ha habido. Ambos adoptarán las mismas medidas, tarde o pronto, con mayor o menor intensidad. A saber: más recortes sociales, más "reformas" laborales, más impuestos para las clases populares. Como, de hecho, ya ha empezado a hacer el actual gobierno. Como, de hecho, ya está intentando hacer el gobierno "socialista" griego, a instancias de la Unión Europea y del Fondo Monetario Internacional, y a pesar de la fuerte contestación popular. Es decir, podemos afirmar que con otro gobierno (porque la cosa está sólo entre dos partidos) todo seguirá más o menos igual. Si queremos evitar el "todo seguirá igual", debemos intentar cambiar el sistema. No basta con cambiar el gobierno.

Los que achacan todos los males del sistema a tal partido político, a tal personaje, o incluso a la clase política en general, NUNCA dicen cómo podría evitarse esos males que, con toda la razón, denuncian. No quieren analizar profundamente, se quedan en la superficie. Buscan chivos expiatorios. Desvían la atención. Todo con tal de evitar cualquier cambio, por pequeño que sea, del esqueleto básico del sistema. Cuando el mal está precisamente en el diseño mismo del sistema. Un sistema no puede depender de tal o cual persona, del uso que haga del cargo público de turno. Un sistema bien diseñado debe precisamente establecer mecanismos legales concretos que eviten esos comportamientos que se denuncian. Los que hablan mucho pero dicen poco, nos cuentan que el problema es que los políticos no actúan adecuadamente. Pues bien, precisamente, eso ocurre porque el sistema es poco democrático. En una democracia desarrollada los políticos están al servicio de la sociedad y son controlados por ella, con lo que esos comportamientos se minimizan, no son lo habitual. Un demócrata auténtico no puede conformarse con este tipo de democracias donde los políticos hacen lo que les da la gana. Un demócrata de verdad aspira a seguir mejorando y ampliando la democracia. En una democracia desarrollada, la crítica profunda, contundente, constructiva, es bienvenida y no criminalizada. La crítica es imprescindible para mejorar las cosas. En este país los que critican al sistema actual son demonizados y tachados de "inconstitucionales" o "ilegales". Los apóstoles de lo establecido olvidan que las leyes humanas no son divinas, no son perfectas, pueden y deben ser mejoradas. Olvidan que la justicia y la legalidad son dos cosas que no tienen por que coincidir siempre. Como decía Montesquieu: Una cosa no es justa por el hecho de ser ley. Debe ser ley porque es justa. Los mismos a los que no les importa que la mayoría de artículos de la Constitución sean papel mojado (aunque algunos, como el vergonzoso artículo 56, sí se cumplan a rajatabla), sacralizan la ley de leyes y criminalizan a los que osan cuestionarla o reivindicar otra constitución, otro régimen. Lo cual, dicho sea de paso, demuestra la "calidad" de nuestra democracia. Antaño se callaba directamente a los que discrepaban. Ahora se les margina para que no puedan expresar sus opiniones en medios de gran alcance, e incluso se les criminaliza. Antaño los que discrepaban del sistema no podían manifestarse. Ahora lo hacen pero para el conjunto de la ciudadanía no se han manifestado porque sus actos son ninguneados por los grandes medios de comunicación. La censura, la represión, siguen existiendo, pero ahora son más sutiles, más elaboradas, más disimuladas. El resultado es, de facto, prácticamente el mismo. Se impone así el pensamiento único. Incluso ahora la nueva censura es más peligrosa y eficaz porque pasa más desapercibida. La oligocracia es más engañosa que la dictadura.

Nuestro país está al borde del colapso político y económico. Y nadie hace nada. La clase política sigue con su teatro de siempre: hablar mucho para no decir nada. La prensa oficial sigue con su juego de siempre: desviar la atención, desinformar, censurar noticias o ideas que no sean las "políticamente correctas", es decir, que no sean acordes con el pensamiento único impuesto por los que controlan los medios de comunicación. Los sindicatos vendidos siguen con su paripé. Los trabajadores, lógicamente, ya no creen en los sindicatos amarillos, pero por ahora no se movilizan. La verdadera izquierda sigue prácticamente desaparecida en combate. El movimiento republicano se conforma con algunas manifestaciones, algunos actos llamando a la unidad, y poco más, por ahora. Cuando no sigue sumido en su actividad revolucionaria de salón. ¡Sólo con conferencias no se van a cambiar las cosas! Está bien que se hagan ciertos actos donde los republicanos muestren sus ideas, donde debatan, pero hay que acudir a la gente también, sobre todo al gran público. Se requiere activismo en la calle, en Internet, en las instituciones. No se ve ni siquiera activismo republicano en los cocederos de ideas, como los foros de Internet. Y decir, como dicen algunos, que el PP, o que Rajoy, va a salvar la situación suena a cantos celestiales. Ojalá yo me equivoque y otro gobierno sea capaz de reconducir la situación, pero mucho me temo que no va a ser así. Todos en el fondo están rezando para que la economía internacional se reconduzca y ello posibilite la recuperación de nuestra economía. Pero es que, desgraciadamente, la economía internacional aún está en la cuerda floja. Ya se habla de que la crisis financiera va a provocar en breve, lo está provocando ya (Grecia sería la avanzadilla), una nueva crisis aún más grave: la crisis fiscal, la de los Estados que para salvar a las finanzas se han endeudado hasta las cejas y optan por hacer pagar la crisis a las clases populares recortándoles derechos, salarios, prestaciones sociales, aumentando los impuestos, provocando así que el consumo no se recupere y por tanto imposibilitando la recuperación económica.

Hace falta nuevas políticas para salir de la crisis actual. Más de lo mismo sólo realimenta la crisis o transforma una crisis en otra aún más grave. Hace falta sobre todo abrirse a nuevas ideas para lo cual hay que posibilitar que todas las ideas puedan fluir libremente por la sociedad. De aquí la importancia del papel de la prensa. La prensa debe ser independiente del poder político y del poder económico. Hay que separar todos los poderes. Remito a mi artículo La libertad de prensa. Hay, en suma, que aumentar la libertad, la democracia. Por esto, la Tercera República en España puede ser la mejor salida a la actual crisis política y económica. No es que vaya a resolver de un plumazo todas las cosas, obviamente, pero puede sentar las BASES para que eso sea más PROBABLE. Aunque por supuesto no hay ninguna garantía de esto. La República no vendrá sola, y si viene, no tiene por que significar necesariamente mucho más que lo que tenemos ahora. De lo que se trata, precisamente, es de luchar por conseguir instaurar una república que merezca la pena, es decir, que posibilite un verdadero desarrollo de la democracia. Y ello sólo será posible con un movimiento republicano popular, unido, fuerte, activo, que luche para que la Tercera República llegue de la manera más democrática posible: dando el máximo protagonismo al pueblo en su construcción. La democracia debe alcanzarse democráticamente. En otros escritos míos hablo con más detenimiento de todo esto.

La lucha por la República debe pegar un gran salto cualitativo y cuantitativo. Lo que se está haciendo en la actualidad es claramente insuficiente. Se está desaprovechando una ocasión histórica única. Parece que sólo se está esperando a que la monarquía colapse por sí misma. Pero la monarquía, el régimen actual, está luchando más por sobrevivir, que la república por sustituirla. No hay más que ver cómo en los foros de los diarios más conocidos en Internet, en cuanto alguien plantea la cuestión de la República, saltan todos los perros guardianes de lo establecido contra el sacrílego solitario. Los republicanos no acuden al frente ideológico. ¡Así es muy difícil, por no decir imposible, cambiar las cosas! Son mucho más activos los monárquicos que los republicanos en el frente de las ideas. Como muy bien dijo alguien, la noticia no es que los griegos salgan a la calle, la noticia es que los españoles con casi cinco millones de parados sigan pasivos.

Me propongo, de la forma más breve posible, intentar hacer ver la relación que existe entre el grado de democracia de una sociedad y las condiciones de vida cotidianas de los ciudadanos. La calidad del sistema político afecta a la calidad de vida del ciudadano de a pie. Cuanta más y mejor democracia, mejores condiciones de vida, incluso más feliz es la población de un país. Esto, repito, puede parecer obvio a muchos de mis compañeros republicanos, pero no lo es, insisto, para muchos ciudadanos. Para percatarse de ello, basta con debatir en foros no afines a las ideas republicanas, basta con hablar con los amigos, con los familiares, con los vecinos, con los compañeros de trabajo. El movimiento republicano debe salir de los despachos, de los ateneos, de las páginas web afines y abrirse a la sociedad y convencerla de la necesidad de desarrollar la democracia y por tanto de la necesidad de plantear la Tercera República como alternativa al régimen monárquico inmovilista actual. Y esto deben hacerlo todos los republicanos acudiendo allá donde haya más gente: en las calles, en los foros de los diarios más conocidos de Internet, en las redes sociales, etc. Entre todos podemos hacer mucho. Con un poco de esfuerzo de cada uno podemos lograr mucho. Podemos, poco a poco, ir pasando la voz. Podemos ir concienciando a nuestros conocidos. Podemos ir promocionando las ideas republicanas. Debemos ser activos. La lucha implica esfuerzo. Y la República, una república que lo sea de verdad, que merezca la pena, la verdadera democracia, sólo vendrá con mucho esfuerzo, activismo y tenacidad. No podemos dejar dicha lucha en manos de cuatro gatos, que, lógicamente, tarde o pronto, tirarán la toalla porque no pueden cargar sobre sus espaldas con todo el esfuerzo. Además del riesgo de que los cambios sean protagonizados por unos pocos en vez de por el conjunto de la ciudadanía. Si queremos evitar los errores de la transición del régimen franquista al monárquico, debemos, entre otras cosas, evitar que la nueva transición se haga a espaldas del pueblo. El proceso hacia la Tercera República debe protagonizarlo el pueblo y no unos pocos políticos. Y esto sólo podremos conseguirlo si todos nos implicamos activamente. Porque todos podemos hacer algo. Internet nos brinda una gran oportunidad de implicarnos, de aportar ideas para el debate, de propagar ideas, de promocionar actos, de dar publicidad a la prensa alternativa, de recomendar libros o artículos, etc. Cualquiera puede implicarse. Sin ir más lejos, yo no soy más que un ciudadano corriente que, humildemente, intenta aportar su granito de arena.

Para analizar la influencia de la democracia en las vidas cotidianas de los ciudadanos, basta con fijarnos en lo que hacen cotidianamente todos ellos. Basta con fijarse en el trabajo, la salud, el transporte, la alimentación, la vivienda, la justicia. Capítulos aparte merecerían la banca o la educación. Con la enorme importancia que ejerce ésta en la forma de pensar y actuar de las personas. La educación es la clave para asentar el espíritu democrático en las mentes de las personas. Para ilustrar la idea de la influencia de la democracia en las condiciones de vida de los ciudadanos basta con que nos fijemos sólo en algunas de las principales facetas de la vida en sociedad, sin perder de vista que en realidad la democracia influye en mayor o menor medida, más o menos directamente, en todas las facetas de la vida en sociedad. Con respecto a los argumentos que siguen a continuación, quisiera aclarar que no todo puede achacarse a la calidad de la democracia. Hacerlo sería simplificar en exceso las cosas. Pero sí quiero insistir en la influencia que ejerce la democracia en las condiciones de vida de los ciudadanos. Se podrá discutir hasta qué punto influye, pero mi objetivo es intentar hacer ver que la democracia influye mucho más de lo que mucha gente cree a primera vista, de lo que los defensores a ultranza de lo establecido nos quieren hacer ver, con el objetivo de impedir avances democráticos que pongan en peligro los privilegios de las minorías que dominan la sociedad. Mi objetivo es intentar hacer ver que no es posible verdaderamente otras políticas, otros gobiernos realmente distintos, con un sistema poco democrático que impide la verdadera alternancia, que impide que los gobiernos estén al servicio de las mayorías que les votan. Con esta "democracia" no se puede aspirar a más de lo que tenemos. Estamos condenados a gobiernos casi calcados con sólo ligeras diferencias cosméticas explotadas por los partidos o los medios de desinformación para aparentar cierta pluralidad. Y por tanto, estamos condenados a hacer crónicos los problemas que nos afectan en el día a día. De hecho, como así ha sido, los problemas que más nos preocupan nunca se resuelven y siempre vuelven con mayor o menor intensidad. Si queremos realmente cambiar las cosas, debemos aspirar a cambiar los cimientos de nuestros sistemas políticos y económicos. Mientras no haya cambios sistémicos todo seguirá más o menos igual, aunque con altibajos.

Empecemos por el trabajo. Actualmente en España estamos al borde de los cinco millones de parados. Todo un récord. ¿Y qué se propone desde la clase política y empresarial de este país para combatirlo? Más reformas laborales que abaraten el despido, recortes de salarios, recortes de prestaciones (con la excepción de algunas prestaciones ampliadas temporalmente, más que nada para evitar estallidos sociales). Si el empleo es un bien escaso, ¿por qué no se reparte? Porque se nos dice que eso haría nuestra economía poco competitiva. Y esto es así porque el dogma imperante dice que lo importante de una economía es que sea competitiva, que crezca sin parar. Sólo es posible, nos dicen, que los trabajadores puedan tener trabajo y puedan acceder a cierta riqueza si la economía crece. Cuando lo lógico, sería, por el contrario, que el trabajo y la riqueza se repartieran de la forma más equitativa y justa sin depender de si la economía crece constantemente o no. De hecho, ni siquiera cuando la economía crece esto beneficia a los trabajadores. En los últimos lustros la economía creció, los beneficios empresariales se dispararon, mientras los salarios se estancaron. Y ahora nos dicen que deben incluso disminuir. ¿Lo lógico no sería combatir el desempleo disminuyendo la jornada laboral, controlando el pago de las horas extraordinarias, e incluso prohibiéndolas? ¿Por qué se aprueban despidos colectivos en empresas que tienen beneficios? ¿Por qué se ayuda masivamente a la gran banca para rescatarla, arruinando prácticamente a los Estados, mientras a los trabajadores se les recorta los salarios, los derechos, las prestaciones? ¿Por qué a los menos ricos se les sube los impuestos y a los ricos se les disminuye o se les quita?

¿Por qué las ideas críticas con el dogma oficial neoliberal son silenciadas por los grandes medios de comunicación? Existen discrepancias entre los economistas sobre qué medidas adoptar para salir de la crisis. Pero, "extrañamente", es muy difícil ver ideas distintas a las habituales, es decir, a las que representan el dogma neoliberal, en los medios de comunicación más vistos. Sólo gracias a la prensa alternativa disponible en Internet es posible acceder a otras ideas. Pero la prensa alternativa es aún minoritaria. La gente no la conoce. Se puede y se debe cuestionar todas las ideas, incluidas las expresadas por mí en este mismo artículo, por supuesto. La única forma de aproximarse a la verdad es contrastando libremente entre ideas opuestas, es cuestionando las ideas. Cuanto más contrastemos, más nos acercamos a la verdad. La ciudadanía tiene derecho a saber que hay otras ideas opuestas a las que suelen verse en los medios de comunicación habituales. Tiene derecho a saber que, por ejemplo, cada vez más gente reclama otro sistema, otro régimen. Sin embargo, en los medios habituales siempre suena la misma música. ¿Por qué? Porque no tenemos suficiente libertad de expresión. No todo el mundo puede expresar sus ideas públicamente en igualdad de condiciones. El conjunto de la ciudadanía sólo puede oír ciertas ideas, mientras otras son sistemáticamente marginadas. Las ideas no fluyen libremente por la sociedad. Algunos ostentan un monopolio de las ideas y de la información. La prensa más importante está dominada por el poder económico. Los grandes medios de comunicación pertenecen a grandes capitalistas que, lógicamente, no van a propagar noticias o ideas que afecten a sus intereses.

El pensamiento único imperante es una clara prueba de la escasa calidad de nuestras "democracias". Cuando en cualquier grupo humano hay suficiente libertad, el pensamiento nunca es único. Esto puede uno observarlo en cualquier debate de cualquier tema en cualquier grupo humano. Los seres humanos, por ahora, somos lo suficientemente diversos como para que las ideas sean plurales. Siempre que no estemos excesivamente condicionados "exteriormente". Si en algunas cuestiones se va imponiendo cierto pensamiento único, esto sólo es así por la influencia de los medios de comunicación y del sistema educativo. No hay mente más libre que la de un niño que aún no ha sido modelada por la cultura que le rodea. Los niños son capaces de hacer preguntas que a la mayoría de los adultos ni se nos ocurriría en la vida. El pensamiento único sólo puede abrirse camino artificialmente, de forma forzada, porque es antinatural, no forma parte de la naturaleza humana. Pero cuidado, no hay que confundir el pensamiento único con el consenso o la verdad. El pensamiento único nace de la represión sistemática de las ideas de la "competencia". La verdad, el consenso ("natural"), nace, por el contrario, del enfrentamiento abierto, libre y sincero entre las ideas. El pensamiento único nace del monopolio de las ideas. La verdad, el consenso, de la competencia libre entre las ideas. El pensamiento único, el dogma de cualquier tipo, es la antítesis de la verdad. Los que intentan convencernos de que el pensamiento neoliberal es la verdad y no el pensamiento único, sin embargo, se olvidan de lo inexacta que es la ciencia económica actual. Hasta tal punto que los economistas no se ponen de acuerdo en sus previsiones, ni siquiera para explicar lo que ya ha acontecido. Esto por sí solo nos debería bastar para sospechar que las ideas neoliberales que se pretenden como la verdad, el consenso, son, como mínimo, cuestionables. Como ya dije en otro de mis artículos, la ciencia económica oficial es a la auténtica ciencia económica, lo que la astrología a la astronomía. Cuando alguien cree poseer cierta verdad, no teme su cuestionamiento, al contrario, lo necesita para reafirmarse o corregirse. La ciencia no es ciencia cuando no es posible cuestionar en cualquier momento sus verdades. La verdad sólo puede abrirse paso con libertad, con debate, con el enfrentamiento de ideas. Y, "curiosamente", los apóstoles de las verdades económicas oficiales siempre huyen del enfrentamiento ideológico. Sus "verdades" se sustentan en el silenciamiento sistemático de otras "verdades" que las puedan cuestionar. Los apóstoles de la "ciencia" económica oficial tienen más de chamanes que de científicos.

¿Y por qué ocurren todas estas cosas? Porque tenemos poca y mala democracia. No hay separación de poderes. El poder ejecutivo es designado por el poder legislativo. El poder judicial es designado por el poder legislativo. Los partidos políticos son financiados no sólo por el Estado sino que también por entidades privadas (grandes empresas o empresarios). Los sindicatos son financiados por el Estado, es decir, por el poder político. El poder de la prensa depende del poder económico porque los grandes imperios mediáticos privados pertenecen a unos pocos grandes capitalistas o del poder político porque los medios de comunicación públicos son controlados por los gobiernos de turno. El poder económico controla de forma más o menos directa al resto de poderes. Nuestras democracias son en verdad oligocracias.

Los retrocesos laborales se producen, entre otras razones, porque los que deciden lo hacen para beneficiar a ciertas clases y perjudicar a otras. Por ejemplo, en la presente crisis, hemos visto que se rescata a los bancos, que son más responsables en la crisis que los trabajadores (no se nacionaliza los bancos ni se les exige un buen uso del dinero regalado, dinero perteneciente a todos los ciudadanos que está siendo utilizado simplemente para tapar sus agujeros contables o para especular de nuevo), y sin embargo, a los trabajadores se les da ciertas ayudas ridículas, en el mejor de los casos. ¿Quién sale perjudicado si disminuye la jornada laboral manteniendo los salarios? La mayoría saldría beneficiada y sólo se perjudicaría a una minoría que dejaría de tener tantos beneficios. ¿Y por qué no se hace? Porque el poder político está al servicio del poder económico, de ciertas élites que son las que controlan la sociedad. ¿Y esto por qué ocurre? Porque no hay verdadera separación de poderes, porque todos los poderes dependen en última instancia del poder económico. Es decir, porque no hay verdadera democracia. La democracia es mucho más que depositar una papeleta en una urna cada X años, eligiendo entre unos partidos (cada vez menos) que no dan ni siquiera opción a poder elegir a sus candidatos en listas abiertas, unos candidatos que no son elegidos ni siquiera por los militantes de los partidos, con una ley electoral donde no todos los votos valen igual, ...

Hace poco en el diario 20 Minutos apareció una noticia titulada Queremos un trabajo que no nos amargue la existencia. Se trata de un estudio sobre el ambiente de trabajo en el que se llega a la siguiente conclusión:

Los resultados más relevantes muestran cómo un funcionamiento democrático y la aplicación de fórmulas de participación directa de los trabajadores en la realización cotidiana de sus tareas conducirían a un mejor entorno de trabajo.

En este estudio se demuestra algo que desde luego a todos los trabajadores nos parece muy obvio: el funcionamiento democrático de cualquier grupo de trabajo mejora el ambiente del grupo. Yo diría que incluso su eficiencia. Es obvio que si, en general, alguien está más a gusto, trabaja más a gusto, rinde mejor. Y esto podríamos extrapolarlo a cualquier grupo humano, incluido el conjunto de la sociedad. Todos estaríamos menos quemados, menos estresados, más sanos física y mentalmente, si en nuestros trabajos tuviéramos democracia. Pasamos muchas horas en el trabajo. Simplemente con un mejor entorno laboral, casi todos los ciudadanos estaríamos mejor, toda la sociedad ganaría mucho en calidad de vida. Al margen de otras cuestiones. No digamos ya si, por ejemplo, los trabajadores participaran en el reparto de los beneficios de una empresa. Indudablemente, estarían mucho más motivados.

La democracia afecta directamente a la calidad de vida de los ciudadanos. Por consiguiente, si queremos mejorar la calidad de vida de la inmensa mayoría de las personas que conforman la sociedad, hay que ampliar y mejorar la democracia. La democracia debe desarrollarse lo máximo posible. Hay que mejorar la democracia política y hay que hacer llegar la democracia a todos los rincones de la sociedad, especialmente al económico. Una sociedad no puede ser plenamente democrática, si la economía, el motor de la sociedad, no funciona de forma democrática. Ahora mismo, la mayor parte de las empresas son dictaduras. Los trabajadores no tienen ni voz ni voto, sólo pueden acatar las órdenes que vienen de arriba, como los soldados de un ejército.

Pero no debemos olvidar que lo primero es hacer al poder político independiente del poder económico. No es posible exportar la democracia al ámbito económico si la política es dominada por la economía, en vez de al revés. Economía dominada a su vez por ciertas minorías. El totalitarismo en la economía desvirtúa la democracia política. Es inevitable la degeneración de la democracia política con una economía dictatorial que domina toda la sociedad. Y para hacer al poder político independiente del poder económico hay que llevar a la práctica el principio elemental de la separación de los poderes, de todos los poderes. Hay que desarrollar primero la democracia política para mejorar la sociedad.

Si, por ejemplo, impedimos legalmente que los partidos puedan ser financiados desde el exterior (es decir, por grandes empresarios o empresas), si limitamos la aportación máxima de cada militante (los partidos sólo deberían ser financiados por sus militantes), si impedimos legalmente que un político pueda pasarse a la empresa privada después de abandonar su cargo público (impidiendo así el clientelismo, el que tome medidas que benefician a su futura empresa), si..., entonces conseguimos hacer al poder político independiente, lo separamos del poder económico, disminuimos la corrupción, mejoramos la democracia. Si, además, impedimos que los sindicatos puedan ser financiados por el Estado (éste podría limitarse sólo a proporcionar ayudas fiscales a los sindicatos, así como a los partidos políticos), entonces separamos el poder sindical del poder político. Los sindicatos se dedicarían a su verdadera razón de ser: defender los intereses de los trabajadores, en vez de a otros menesteres. Tanto los sindicatos como los partidos políticos no necesitan tanto dinero para ejercer sus funciones básicas. En estos tiempos donde Internet puede abaratar enormemente los costes, los partidos políticos y los sindicatos pueden subsistir de manera mucho más austera con el dinero proporcionado por sus militantes. El Estado podría perfectamente proporcionar los medios de comunicación públicos para que los partidos puedan comunicarse con el conjunto de la sociedad sin necesidad de inundar las calles de pancartas, sin necesidad de grandes actos en las plazas de toros, sin necesidad de inundar los buzones de correo. Los gastos de las campañas pueden disminuir drásticamente. Los partidos en la actualidad despilfarran dinero con campañas exageradas donde, por cierto, prácticamente no informan sobre sus programas. Los partidos y los sindicatos, excesivamente financiados, se han convertido así, de hecho, en estructuras monstruosas que dominan la sociedad en vez de servirla. Han sucumbido al burocratismo. Se han convertido en apéndices del Estado y del poder económico. Los principales partidos, y sus satélites los principales sindicatos, tienen excesivo protagonismo. De esta forma la democracia se convierte en partitocracia. Éstas son algunas de las muchas medidas concretas y factibles que pueden tomarse para mejorar la democracia y por tanto la sociedad en conjunto. Remito al libro "Rumbo a la democracia" donde se habla de ellas con mucho más detalle.

Son medidas posibles, nada utópicas y que podrían aplicarse a corto plazo. ¿Por qué no se toman? Porque no hay voluntad política de tomarlas por ninguno de los principales partidos del régimen actual. Hace poco, por iniciativa de UPyD e IU, se planteó en el Congreso de los Diputados la reforma de la ley electoral para hacerla más justa, para conseguir un parlamento más representativo, para conseguir que se aplique el principio ELEMENTAL de toda democracia "un hombre, un voto", que todos los votos valgan igual, o por lo menos que no sean tan desiguales, pero el resto de partidos la rechazaron. Los partidos del régimen actual se niegan a hacer mejoras democráticas. El sistema actual es inmovilista. ¡Ya va siendo hora de cambiarlo! Los cambios no vendrán de arriba. Habrá que presionar desde abajo. El pueblo deberá movilizarse (pacíficamente), deberá presionar a la clase política para provocar los cambios que necesita nuestra sociedad hoy en día. El ciudadano debe, como mínimo, concienciarse y dejar de realimentar a esta oligocracia. Votar a cualquiera de los dos partidos del bipartidismo, caer en la trampa de votar al menos malo de ellos para impedir que gobierne el otro, perpetúa este paripé de democracia, pospone indefinidamente el necesario cambio de sistema. Si la abstención, por ejemplo, llegara a un nivel importante, indudablemente, eso podría acelerar los cambios pues una democracia con una participación mínima pierde su sentido y queda en entredicho. Si por lo menos se votara a los partidos que estén más por la labor de hacer reformas estructurales de nuestra democracia, entonces los cambios podrían empezar a hacerse, aunque tímidamente. Pero votar a los partidos más inmovilistas, sólo garantiza el inmovilismo, como así ha sido. El voto más útil no es el realizado a cualquiera de los dos partidos del bipartidismo. El voto útil es el que se da a aquellos partidos que apuestan por cambios más profundos. El voto útil es, en todo caso, la abstención activa y consciente, hecha como forma de denunciar la insuficiente democracia que tenemos en la actualidad, como forma de boicotear a la oligocracia. El voto más útil es aquel que puede contribuir al cambio de sistema, pues sólo cuando el sistema cambie se resolverán verdaderamente los problemas que tanto nos preocupan y afectan en el día a día. De todo esto hablo con más profundidad en mis diversos libros. A ellos remito al lector. En mi blog se puede acceder libremente a todos ellos.

Como vemos, la escasa democracia afecta directamente al mundo laboral. Con peor democracia tenemos peores condiciones laborales, más paro, más precariedad. No es por casualidad que España sea uno de los países de Europa con más paro, con más precariedad laboral, con más siniestralidad laboral. No es por casualidad que mientras en España se plantea aumentar la edad de jubilación de los 65 años a los 67 con un gobierno supuestamente de izquierdas, y con un paro récord, en Francia, un gobierno conservador, con un paro que ya quisiéramos tener aquí, dice que no tiene sentido aumentar la edad de jubilación de los 61 años a los 63. No es por casualidad que en Islandia se haya sometido a referéndum las medidas a tomar para salir de la crisis (referéndum donde el pueblo islandés ha rechazado las medidas propuestas), mientras aquí el pueblo no pinta nada (ni siquiera si se le consultara directamente pues en España el referéndum no es vinculante). No hay el mismo grado de democracia en todos los países, obviamente.

No puede esperarse que en un sistema político donde el poder económico controla la sociedad, los gobiernos, sean del signo que sean (porque en tales "democracias" no pueden acceder al gobierno en la práctica los partidos que no reciben la suficiente financiación económica), tomen medidas que perjudiquen a los grandes empresarios que financian los principales partidos. Todo lo contrario. Si el poder político fuera independiente del poder económico, entonces, muy probablemente, los gobiernos sí se atreverían a repartir el trabajo disminuyendo la jornada laboral. Como vemos, la separación de poderes influye directamente en el paro o en la calidad del empleo. La democracia afecta a nuestro trabajo y por tanto a nuestro sustento. Y esto sin contar que en determinado momento, debido al continuo desarrollo que podría tener la democracia, ésta pudiera llegar al ámbito de las empresas. Simplemente con más democracia política, las condiciones laborales de la inmensa mayoría de los ciudadanos pueden mejorar notablemente. No digamos ya si la democracia se instaura en la economía.

Sigamos con la salud. En España tenemos un sistema de salud público que sin embargo tiene graves deficiencias. Todo el mundo sabe lo lenta que es la seguridad social. Si uno necesita con cierta premura ciertas pruebas, debe acudir a las urgencias, que por supuesto acaban abarrotadas de pacientes que en el fondo sólo desean agilizar ciertos trámites. Aun así no es posible hacerse todo tipo de pruebas en las urgencias de los hospitales. No digamos si lo que necesita uno es que le operen. Así, muchos ciudadanos, los que pueden, los que tienen posibilidades económicas, o los que tienen la suerte de que sus empresas les brinden ciertos beneficios sociales (aunque esto sea cada vez más difícil), acuden a la sanidad privada, que a su vez también empieza a estar desbordada. Empezando por los propios facultativos de la sanidad pública, que nos dicen sin tapujos que la seguridad social española es la mejor del mundo pero ellos aun así suscriben pólizas de seguros médicos privados, aprovechando las ofertas brindadas por éstos a los profesionales de la salud pública. Por si fuera poco, en los últimos años, inmersos en la vorágine privatizadora del dogmatismo neoliberal imperante, la sanidad pública tiende a privatizarse, los recursos tienden a disminuir o a estancarse. ¡Con el paro que hay y en los hospitales se necesita personal! Además, se consiente que muchos facultativos que trabajan en la sanidad pública monten aparte sus negocios privados. Se nos dice que si no, la sanidad pública perdería a buenos médicos. Pero, a veces, uno piensa que a dichos facultativos realmente no les interesa que la sanidad pública funcione porque si así fuera sus negocios particulares no tendrían sentido. Caso aparte merece la industria farmacéutica. Industria cada vez más poderosa. Hasta el punto de convertirse en una de las industrias más poderosas. Ya hemos visto recientemente lo ocurrido con la gripe A. Se le ha dado una importancia exagerada para vender más medicamentos a costa incluso de la salud y seguridad de las personas pues las vacunas no estaban suficientemente probadas como denunciaron ciertos profesionales del sector. En definitiva, se convierte a la salud en una mercancía muy lucrativa. Se juega con la salud de las personas con tal de hacer negocio.

Imaginemos que tenemos una democracia mucho más desarrollada en España e incluso en el mundo. En tal democracia, el paciente tiene unos derechos sagrados que son respetados y garantizados. Cualquiera puede acceder a un sistema de salud público que funciona bien y que tiene fichados a los mejores profesionales. En tal democracia, los gastos en salud o educación superan con creces los gastos militares. De hecho, éstos tienden a desaparecer o por lo menos a disminuir notablemente. En nuestra actual "democracia" se nos dice que no hay dinero para la vivienda pública, para el empleo público, para la educación pública o para la salud pública, y sin embargo, nuestro Estado se gasta 50 millones de euros cada día en asuntos militares. En esa democracia desarrollada que estamos imaginando el paciente puede reclamar de forma eficaz ante el médico que ha tenido una negligencia porque el paciente tiene unos derechos inalienables. Éstos no son papel mojado. Casos como los ocurridos en España no hace mucho en que muchos pacientes murieron por exceso de sedación se castigarían ejemplarmente, en vez de ser archivados, porque aun teniendo el médico sus derechos, el paciente también los tiene aunque no tenga un colegio profesional potente detrás para velar por sus intereses. Y esto es así porque en una verdadera democracia, el consumidor, el paciente (consumidor de servicios sanitarios), tiene sus derechos bien asentados y garantizados. De esta manera no es muy difícil imaginar que las negligencias médicas disminuirían notablemente, pues no quedarían impunes. En general, con más recursos, más control de la gestión, más contundencia en la defensa de los derechos de los pacientes, entre otras cosas, la calidad del sistema de salud mejoraría ostensiblemente. Si, por ejemplo, a estas medidas, añadimos una mayor participación de los profesionales de la salud en la gestión de los hospitales, de las clínicas, de los ambulatorios, entonces no cabe duda que el sistema de salud mejoraría ostensiblemente. Es decir, con más democracia interna en el sistema de salud, y con más democracia "externa", es decir en el conjunto de la sociedad, la inmensa mayoría de la sociedad ganaría mucho. En una democracia de verdad, la ley está del lado del más débil y no del lado del más fuerte. Casos como el de la gripe A no podrían darse si las farmacéuticas fueran verdaderamente controladas por el poder político, en vez de controlar ellas a éste (las farmacéuticas son también el poder económico, cada vez más), si los organismos encargados de velar por la seguridad de los fármacos fuesen independientes de las compañías farmacéuticas, si, por ejemplo, fuesen estatales y libres de toda influencia sospechosa. Con más y mejor democracia, tendríamos mejores sistemas de salud y fármacos más fiables.

Pasemos al transporte. Todo el mundo sabe que la forma más eficaz de desplazarse en las grandes ciudades es, al menos potencialmente, mediante el transporte público. Sin embargo, mucha gente decide usar sus vehículos privados para acudir al trabajo. De esta manera las ciudades están todos los días atascadas. Provocando así estrés, contaminación y ruido. Cabe preguntarse por qué mucha gente no usa el transporte público. Es cierto que hay gente que lo hace por comodidad (los que pueden ir de puerta a puerta y pueden aparcar en ambos lados del recorrido). Pero también es cierto que si uno tarda el doble o el triple en llegar a su destino, aun contando el tiempo para aparcar y los atascos, entonces ni se plantea el uso del transporte público. ¿Cómo podría resolverse esta situación? Potenciando el transporte público, especialmente el metro. Haciendo que llegue a todos los rincones de las ciudades y haciendo que sea barato, rápido, cómodo y seguro. Y esto requiere hacer grandes inversiones públicas. Y para ello se requiere de gobiernos municipales o regionales que miren por el interés general y dediquen el dinero necesario para las necesidades más importantes de los ciudadanos, en vez de a otros menesteres. Para esto se requiere de un control democrático de los ayuntamientos, de todas las instituciones en general. Sin embargo, muchos ayuntamientos, se dedican a hacer del transporte privado negocio. Ya sea a través de las zonas de aparcamiento regulado o de las multas. Incluso muchas zonas residenciales se han convertido en zonas verdes o azules con el único afán de recaudar dinero. Esto ha provocado protestas de indignación de muchos vecinos arrancando de forma desesperada los parquímetros. Los conductores estamos hartos de que nos saquen dinero por todos lados. Que si ahora hay que comprar el triángulo, que si además se necesita el chaleco reflectante, que si hay que pasar la ITV cuando el coche alcanza apenas la edad de cuatro años. Y mientras, las carreteras están mal señalizadas, el asfalto hecho un desastre, los agentes de tráfico que tanto se ven en las carreteras rurales para pedir papeles, están desaparecidos en combate en los grandes atascos de las zonas urbanas, etc., .etc. Es evidente que en el campo del transporte los ciudadanos nos sentimos como los pringaos de la película. Y esto ocurre también por la escasa democracia que tenemos. Cuando la ciudadanía está al servicio del Estado, en vez de al revés, pasan todas esas cosas que he dicho. Cuando un ayuntamiento toma decisiones con las que no están de acuerdo los vecinos porque éstos no participan en la gestión pública, entonces a éstos no les queda más remedio que patalear, que arrancar los parquímetros.

Caso aparte merece la industria automovilística. Nos dan la tabarra a los conductores con campañas insistentes que, por otro lado, son poco eficaces, mientras los fabricantes de coches pueden hacer vehículos de hojalata poco seguros. ¿Por qué? Porque es más fácil presionar al débil, al conductor, que al fuerte, al fabricante de coches. Cuando lo lógico, en una auténtica democracia donde el poder político estuviera al servicio de los ciudadanos, sería justo lo contrario: presionar a los grandes fabricantes de coches para que los materiales empleados en los coches fuesen mínimamente seguros para sus ocupantes, garantizar la seguridad de las vías de circulación, etc., etc. Una vez más nos topamos con el problema de la separación de poderes. No puede esperarse del poder político decisiones que perjudiquen a los que les financian, a los poderosos. Una vez más nos topamos con el problema de fondo de la escasa calidad de la democracia actual. No puede esperarse que los ayuntamientos escuchen a sus ciudadanos cuando éstos se limitan tan sólo a depositar una papeleta en una urna cada cuatro años. En el caso de la industria automovilística la cosa es más compleja porque es un problema de la escasa democracia a nivel internacional. Para poder presionar a las multinacionales se necesita que esto se haga desde muchos gobiernos, no sólo desde uno. Y caso aparte merece la industria petrolífera sin la que no podría haber vehículos de transporte actualmente. Por el oro negro hasta se montan guerras, en las que los pueblos no tienen ni voz ni voto por la escasa democracia que tenemos, haciendo que luego unos cuantos desgraciados perezcan en los medios de transporte público, víctimas del terrorismo internacional, cuando acuden al trabajo, mientras las autoridades van con sus seguros coches privados blindados. Por los grandes intereses de la industria del petróleo se hace que aún dependamos de dicho combustible cuando hace tiempo que podríamos usar todos coches eléctricos que no contaminan y que no nos hacen depender de los altibajos del precio de la gasolina o de sus derivados. Y esto ocurre también porque los gobiernos no controlan a la economía, sino al contrario. Porque en una verdadera democracia la economía está controlada por los gobiernos, y no al revés. La economía está al servicio de la sociedad, y no al revés.

Sigamos con la alimentación. Todos necesitamos alimentarnos. Y cada vez nos alimentamos peor. Aumentan las enfermedades provocadas por la mala alimentación. Nos atosigan a todos con el colesterol, con el azúcar, con... Cada cierto tiempo asistimos a la alarma social de turno sobre tal producto. Cada vez nos cuesta más saber qué demonios comemos. Pero, como siempre, ante los males de la sociedad moderna, la pelota siempre está del lado de la víctima, del más débil, del ciudadano. Los consumidores, presos de una paranoia cada vez más galopante, tenemos que mirar con lupa los ingredientes de los alimentos que compramos, porque no tenemos la certeza de que todos los alimentos sean seguros. Nos sentimos cada vez más desvalidos. Y esto ocurre también, cómo no, por la "calidad" de nuestras democracias. En vez de controlar con lupa a la industria alimenticia para que los productos sean seguros y el consumidor compre tranquilo, al contrario, se permite incluso la venta de productos de los que apenas se sabe sus componentes. Como por ejemplo, la famosa Coca-Cola. De este producto se dice de todo. Que si desatasca las tuberías. Que si cura el dolor de estómago. Pero no se sabe su fórmula que permanece secreta porque se prima la patente comercial sobre el interés sanitario general, se da más prioridad a los intereses comerciales de las empresas que a los intereses del conjunto de la ciudadanía. ¡A ver qué gobierno se atreve a ir contra la todopoderosa Coca-Cola! No digamos ya el caso de los alimentos transgénicos. No se sabe aún cómo influyen en la salud de las personas pero se permite su consumo. Incluso recientemente algunos científicos, mediante ciertos estudios, demuestran que son perjudiciales para la salud, pero se siguen vendiendo.

Con más y mejor democracia, comeríamos mejor. Probablemente, tendríamos también menos enfermedades, mejor salud física y mental. Mental también porque si cada ciudadano se sintiera protegido, en vez de desvalido, si todos tuviéramos garantizados nuestros derechos más básicos (objetivo último de toda democracia), entonces, indudablemente, estaríamos más tranquilos y felices. Cada vez hay más sospechas de que una de las enfermedades estrella de nuestros tiempos, el cáncer, tiene mucho que ver con la alimentación de nuestras sociedades modernas. Además de factores genéticos, parece que nuestros hábitos tienen una gran importancia. Un ejemplo de esto es el cáncer de pulmón. Es evidente que fumar afecta mucho. El colmo del colmo es el caso del tabaco. Hasta en las cajetillas se nos dice que mata. Y sin embargo, "extrañamente", se permite su consumo. ¿Por qué? ¿Alguien desconoce que existe una potente industria tabacalera? Como digo, como siempre, la patata está del lado del más débil, del consumidor. Basta con decirle a éste que tal producto mata y todo solucionado. Cuando se tiene la certeza de que es así, claro. En el caso del tabaco la cosa ya estaba más que clara. ¡Pero aún así se consiente que se siga vendiendo! Y ante la duda, cuando aún no se sabe las consecuencias del consumo de algún producto nuevo, como en el caso de los alimentos transgénicos, en vez de adoptar la postura más prudente, más beneficiosa para el consumidor, para la ciudadanía, como es esperar a la realización de estudios científicos exhaustivos e independientes para asegurar que dichos alimentos no representan ningún peligro para la salud, al contrario, se adopta la postura más temeraria, la que beneficia a la industria, sacar dichos productos al mercado y ver qué pasa. O bien, se recurre a estudios de ciertos organismos, financiados por la industria, es decir, nada independientes (esto es muy normal en la industria farmacéutica) para aparentar que los productos vendidos son seguros. En las economías de nuestras "democracias", el consumidor es el último mono, se legisla y se toman decisiones que favorecen a los productores. La demanda debe adaptarse a la oferta, en vez de lo contrario y proclamado por la economía oficial. En nuestras "democracias" los gobiernos siempre se ponen del lado del más poderoso. "Extrañamente", las decisiones que según dicen deben tomarse por el interés general, casi siempre atentan contra éste. Pero, si lo pensamos bien, ¿qué puede esperarse de un poder político financiado por el poder económico?

Sigamos con la vivienda. Todos necesitamos vivir en algún habitáculo. Es una necesidad vital, como todas las que estoy considerando. ¿Es accesible la vivienda para la mayoría de las personas, de los jóvenes especialmente? No. En los últimos años el precio de la vivienda se ha disparado. Los jóvenes deben permanecer en las casas de sus padres. Y la mayoría debe enfrentarse a las hipotecas. Estamos todos cada vez más endeudados. Incluso ahora las herencias son deudas. Y, ¿por qué ha ocurrido todo esto? Porque se ha convertido, una vez más, un bien básico en objeto de negocio, de especulación. Los ayuntamientos no sólo no han impedido la especulación inmobiliaria, sino que muchos han sucumbido a la corrupción inmobiliaria. La construcción se convirtió en estos últimos años en uno de los motores de la economía española. La burbuja inmobiliaria creció como la espuma y finalmente estalló. Los casos de corrupción en los ayuntamientos se han disparado. ¿Por qué? Porque los ayuntamientos no son controlados por la ciudadanía. Ésta se limita a votar cada cuatro años y nada más. La democracia también es control de la gestión pública. Indudablemente con una participación más democrática en los ayuntamientos se hubiera puesto coto a la especulación inmobiliaria. El precio de la vivienda no se hubiera descontrolado tanto. Si a esto añadimos la posibilidad de que los organismos públicos, si estuvieran de verdad al servicio de la ciudadanía, potenciaran prioritariamente la vivienda pública, si ésta fuese la norma y no la excepción, entonces la vivienda no se convertiría en un bien al que casi sólo puede accederse cuando ya se ha accedido, cuando se hereda, o, para una minúscula minoría de afortunados, cuando se gana en sorteo. Con más y mejor democracia la vivienda es más accesible.

Y por no extenderme demasiado (podríamos seguir con más y más ejemplos), acabemos con la Justicia. Es obvio que la gente no está contenta con la Justicia de este país. La Justicia sale muy mal parada en todas las encuestas ciudadanas. Y no sólo por su lentitud. Pero, ¿qué puede esperarse de un sistema judicial dominado por jueces franquistas? ¿Qué puede esperarse de una Justicia que no ha condenado los crímenes del franquismo, crímenes contra la humanidad que según el derecho internacional, suscrito por España, nunca prescriben? ¿Qué puede esperarse de una Justicia que juzga a cierto juez en vez de a los criminales de la dictadura? ¿Qué puede esperarse de una Justicia cuya ley de leyes atenta contra el principio elemental de toda democracia, como es la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos, diciendo que el Rey, el jefe de Estado, es inviolable e irresponsable, es decir, que está por encima de la ley? ¿Qué puede esperarse de una Justicia que no es capaz de decir si el Estatut votado en Cataluña es legal o no, posponiendo continuamente su decisión? ¿Qué puede esperarse de una Justicia al servicio del poder político que es el que designa su órgano de gobierno, como es el Consejo General del Poder Judicial? ¡Cómo no va a estar politizada! Recordemos que el poder político, a su vez, está controlado por el poder económico. ¡Cómo no va a ponerse la Justicia del lado del poderoso! Una vez más nos topamos con el problema de la separación de los poderes. ¿Qué puede esperarse de una Justicia que blinda a los poderosos, el Rey a la cabeza, mientras se ceba con los débiles, especialmente con los críticos del sistema? Etc., etc., etc. En fin, en estas condiciones, hay que tener mucha fe o estar ciego para creer en la justicia de este país. Y, como es obvio, en un país donde la justicia no funciona, eso afecta a todo. La mala democracia afecta a la seguridad jurídica de los ciudadanos. Los ciudadanos de este país nos sabemos desamparados. Abundan los casos de madres o padres desesperados que emprenden auténticas cruzadas contra viento y marea para que se haga justicia con sus hijos asesinados mientras a nuestro Rey no le hace falta mover un dedo para acallar a los que le critican o le injurian. Está claro que no todos somos iguales ante la ley, ni siquiera en España en la teoría. En la "democrática" España actual se sigue torturando. Y esto lo dicen organismos fuera de toda sospecha "antisistema" como Amnistía Internacional o la propia o­nU. Otro síntoma de la escasa calidad de nuestra democracia. En una verdadera democracia los derechos humanos son un objetivo prioritario. No hay ninguna excusa para conculcarlos. Su incumplimiento se castiga ejemplarmente, además de prevenirlo con todos los medios posibles.

Como vemos, la democracia afecta a todo. Debemos concienciarnos todos de su enorme importancia. Los ciudadanos que ya somos conscientes de ello debemos concienciar a nuestros conciudadanos de su enorme importancia. Sólo cuando el conjunto de la ciudadanía se dé cuenta de que la democracia es ESENCIAL en una sociedad, entonces se dará cuenta de la necesidad de desarrollarla todo lo posible. Se dará cuenta de que, al contrario de lo que afirman los apóstoles de lo establecido, la democracia que tenemos actualmente en el mundo, y más aún en particular en España, es mínima, y no máxima. Se dará cuenta de que es muy mejorable. Se dará cuenta de que la democracia no es algo que se tiene o no, sino que es algo que se tiene en mayor o menor grado, que se puede seguir ampliando y mejorando. La democracia es mucho más que votar cada cierto tiempo. Una vez concienciados de la importancia de la democracia y por tanto de seguir desarrollándola, lo siguiente será considerar cómo hacerlo. Y ahí es donde entra en agenda la causa republicana. En la España del siglo XXI la Tercera República es la mejor manera de posibilitar el desarrollo de la democracia. A la monarquía no le interesa el desarrollo de la democracia porque la pone en peligro de extinción. Al plantear el ampliar y mejorar la democracia, es inevitable que en determinado momento se plantee, entre otras muchas cosas, la posibilidad de elegir también al jefe de Estado democráticamente. Si queremos desarrollar la democracia todo lo posible, sin límites, hay que quitar los obstáculos del camino. Y la monarquía es un obstáculo que impide avanzar en democracia. Y todo esto al margen de otras consideraciones. En mis libros Rumbo a la democracia y La causa republicana hablo en detalle de todas estas cuestiones y de cómo desarrollar la democracia en el mundo y en España en particular. A ellos remito al lector interesado en profundizar en estas ideas.

Así que frente a aquellos ingenuos que se creen que para salir de la actual crisis basta con otro gobierno, yo digo que lo que hace falta es otro sistema. Ante el conocido lema "otro gobierno es posible", yo reivindico el lema "otro sistema es posible", y yo añadiría que necesario. Quizás, al final, consigamos salir de esta crisis sin cambiar mucho las cosas, el tiempo dirá. Probablemente no dé tiempo a instaurar un nuevo sistema. La República probablemente necesitará más tiempo para sustituir a la monarquía actual (entre otras cosas por la pasividad del pueblo español, incluso de su vanguardia republicana). Pero, tarde o pronto, surgirá una nueva crisis porque el sistema está diseñado de tal forma que son inevitables las crisis cíclicas. El sistema actual está degenerando a nivel internacional. Esto se traduce en unos países de una manera y en otros de otra. La democracia no sólo no avanza en el mundo sino que retrocede. Lo que ha ocurrido con la presente crisis es un perfecto ejemplo de cómo la poca democracia está posibilitando comportamientos muy peligrosos que ponen en peligro a la economía mundial, incluso a la supervivencia del planeta Tierra. El desastre ecológico ya no puede pasar desapercibido. Y se produce también porque unos pocos irresponsables toman decisiones peligrosas que afectan a todos. Se produce por la escasa calidad de la democracia mundial. Pero, aunque no consigamos cambiar el sistema antes de salir de esta crisis, hay que ir poco a poco concienciando a la ciudadanía de la necesidad de desarrollar la democracia. La siguiente crisis puede ser peor. Hay que por lo menos ir preparando el terreno para posibilitar cambios profundos en la sociedad. La revolución democrática, tan necesaria, ha de ir madurando. La primera y principal labor es la concienciación.

Para resolver los problemas de nuestra sociedad se necesita atacar las causas de raíz de los mismos. No basta con análisis superficiales. No basta con parches. No basta con cambios de caras. No basta tampoco con cambios en los nombres de los regímenes. No basta con poder elegir al jefe de Estado. No basta con sustituir la actual monarquía inmovilista por una república reducida a la mínima expresión. No basta con podar las ramas podridas. Hay que cambiar el tronco podrido. Se necesita un cambio profundo de las bases de nuestro sistema. Se necesita, en suma, poder mejorar y ampliar de forma continua la democracia. La clave para poder resolver los grandes problemas que nos afectan cotidianamente a los ciudadanos reside en la democracia. No es por casualidad que los grandes problemas que nos afectan, aunque con altibajos, sean crónicos. Mientras no se cambie el sistema seguirán ahí. Sólo podremos aspirar a disminuirlos en determinados momentos, pero no a erradicarlos. Y, como ha demostrado la presente crisis, resurgirán tarde o pronto con mayor o menor intensidad.

Con suficiente democracia, todas las ideas, de todos los signos, deben poder ser conocidas y probadas en igualdad de condiciones, disparando así las probabilidades de resolver los problemas de la sociedad. En mi último libro La causa republicana, explico, según mi modesta opinión, por qué en la España actual se dan ciertas condiciones objetivas favorables para reiniciar el desarrollo democrático y cómo poder hacerlo. El movimiento republicano tiene mucho trabajo por delante. Y uno de sus objetivos prioritarios es concienciar a la ciudadanía de la importancia de la democracia, de la importancia de la lucha por la Tercera República. Hablar de la democracia no es hablar del sexo de los ángeles, no es estar en el Olimpo de los dioses, no es hablar de cuestiones secundarias e idealistas. Por el contrario, es hablar de las verdaderas soluciones para combatir los problemas reales y cotidianos que afectan a la inmensa mayoría de ciudadanos. No hay que perder de vista la relación directa entre la calidad de la democracia y la calidad de vida de las personas. Hay que encajar las piezas del puzzle. Hay que relacionar los efectos con sus causas últimas.

No podemos esperar que en un sistema poco democrático, controlado por ciertas minorías, las decisiones tomadas beneficien a la mayoría del pueblo. No confundamos la oligocracia (el poder de unos pocos), o la plutocracia (el poder de los ricos), con la democracia (el poder del pueblo). El pueblo no podrá vivir en condiciones dignas mientras no tenga el poder, mientras no haya una verdadera democracia, y no el paripé que tenemos ahora.

Mayo de 2010

José López

joselopezsanchez.wordpress.com

 
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